“30 de noviembre”.

Se articulaba entre mis pensamientos sin querer, su sonrisa, la que yo rebuscaba con esmero, esa que hizo de esa fecha protagonista de mis anhelos.

Su otoñal temperatura bailaba al son de la noche, ensimismándonos a ser solo él y yo.

Me dejaba llevar por los intentos, esos que hacían de él un travieso. Su boca buscando mis besos y en cambio encontraba miedo.

Las miradas jugaban a encontrarse a contra reloj.

Encarábamos como quien no quería, cada manía, cada palabra, las huellas.

Los besos que finalmente cedieron anunciaban ansiosos y lentamente mi deceso.

Aquella tarde fría que al calor de los besos menguó y se convirtió en noche, me anunció simplemente que ya era de él y que de él ya no iba a escapar.

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