“Estas ganas de usted que no se me quitan”.

¡Que malditas ganas terribles de llamarte, de escribirte, de buscarte!
No sé a que me apego, tal vez a ti que eres humo y que por testaruda quise fumarte, a ti que nunca fuiste algo; tal vez a mi soledad, y en ella a la costumbre que me apego.
Parece que estoy viviendo sin motivos ni razones, parece que morí.
Que agonía amanecer entre la humedad que provoca el desearte. Y es que no pretendo llamarte a través de mis momentos más húmedos, pretendo mantenerme saciada para no retener estas ganas de ser tuya que susurran deliberadamente entre lo más efímero y pertinaz de mis pensamientos.
Mis dedos, mis amantes. Solo ellos comprenden la sinfónica de placer que corre entre mi cuerpo y el deseo de sentir tu lengua acariciando mi entrepierna.
Es imposible no llamarte, me resisto; pero no lo logro. Solo tengo una salida: recurrir cada noche al refugio que busca tu nombre.

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